30 de noviembre de 2010

A propósito de las #LluviasVE

Durante los deslaves ocurridos en el estado Vargas en 1999, una incipiente Internet, que había despegado hacía apenas siete años, y contaba con un magro tres por ciento de penetración, demostró tempranamente las ventajas de su correcta utilización en casos de emergencia. Una década después, con una penetración cercana al 35 por ciento y, por ende, con una población con mayor cultura digital, nuevamente se revela como un excelente medio de información y coordinación ciudadana. Más aún cuando a ella ya se le han sumado las potencialidades y facilidades interactivas de la Web 2.0.

Durante las horas más críticas del pasado fin de semana, vista la multiplicación vertiginosa de información a través de Twitter, la misma comunidad de usuarios fue descubriendo la necesidad de organizarla para hacerla más útil y efectiva. En pocas horas, ciudadanos ávidos de recibir, pero también de ofrecer información oportuna acerca de la tragedia ocasionada por las cuantiosas lluvias, crearon la etiqueta #lluviasVe para concentrar los tuits referidos a la grave situación que se vivía desde el Zulia hasta Nueva Esparta.

Menos de 48 horas después, un grupo de emprendedores y activistas de la web social se articularon y, en menos de doce horas, levantaron un portal con un mapa agregador, un sitio dinámico de participación abierta que va organizando los datos (textos y fotos) proporcionados por los usuarios en tiempo real, lo cual lo convierte, de hecho, en una excelente herramienta de monitoreo.

Según se lee en su página principal, para alimentar el sitio LluviasVE el interesado cuenta con diversas opciones de envío: 1) un correo electrónico a la dirección lluviasve@gmail.com, 2) un tuit con la etiqueta #lluviasve y 3) un reporte en la página web. Pero existe una cuarta opción para aquellos a quienes se les dificulte la conexión a la red: el envío de un mensaje de texto al número 212 con la palabra *lluvias, lo cual tiene el costo de un bolívar (más el básico y el IVA). Adicionalmente, cuentan con una página en Facebook y se coordinan en una sala de Skype.

La velocidad con la que se mueve la red, sin embargo, ocasiona siempre algunos ruidos, como el suscitado con la cuenta de Twitter. Como es natural, un tuitero interesado en el tema se apresuró a tomar el usuario @lluviasVE, con el que claramente se identifica el portal que, en consecuencia, se vio impelido a utilizar uno muy similar @Velluvias. Según informan, sin embargo, ya ambos están en contacto y colaborando.

Un detalle importante, según relata uno de sus creadores, el joven computista y profesor de la Universidad Simón Bolívar Héctor Palacios (@hectorpal), es que antes de aparecer en la página, los reportes que llegan son verificados y aprobados para su difusión por un equipo multidisciplinario de voluntarios de distinta formación, un grupo de jóvenes dispuesto a dar parte de su tiempo y conocimientos de manera desinteresada para construir un insumo informativo que puede ser utilizado libremente y sin costo alguno.

El equipo está integrado además por Illiana Muñoz, Iria Puyosa y Jorge Olivares. El grupo de voluntarios son Carolina Martínez, Elisa Totaro, Estefanía Salazar, Francisco Pérez, Guillermo Amador, Hari Offret, Holanda Castro, Magdalena Boersner, Nadia Goncalves, Naky Soto, Raitme Citterio y Yimmi Castillo.

Una de las utilidades que presta el portal, como adelanta Iria Puyosa, es que los periodistas pueden consultar la base de datos para ubicar sucesos noticiosos por categorías o ubicación geográfica; igualmente, hacer panorámicas de la situación con una fácil identificación de los incidentes registrados. Como en la realidad, en la virtualidad la lluvia (de ideas) tampoco cesa.

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25 de noviembre de 2010

Medios al filo de la navaja

Quien se asome desprevenidamente al escenario nacional podría erróneamente pensar que en Venezuela el cerco tendido alrededor de los medios de comunicación social acorrala solo a los radioeléctricos o de mayor proyección. Pero, si bien ha habido hitos notables como el cierre de RCTV en el año 2007 y el retiro de concesiones, dos años después, a 34 emisoras de radio y dos de televisión, a lo largo y ancho del país existen diversos medios que, bien por hacerse eco de las denuncias ciudadanas, o por editorializar de forma crítica, viven al filo de la navaja. Tal es el caso del Diario de Los Andes, que circula en los estados Mérida, Táchira y Trujillo, cuyos propietarios fueron recientemente sometidos al escarnio público durante el programa Aló, Presidente, en medio de los anuncios de expropiación de varios desarrollos urbanísticos.

Durante la transmisión del maratónico dominical, un “invitado”, a cuenta de las denuncias formuladas en contra de la Constructora Cumberland, C.A., empresa perteneciente al grupo Muchacho Hermanos, dueño también del Diario de Los Andes, esgrime uno de los ejemplares del periódico donde se observa una nota editorial y afirma, sin que medien exigibles argumentos, que sus accionistas constituyen una mafia dedicada a explotar a humildes trujillanos y que, en presencia de un gobierno que actúa en beneficio del soberano, se han dedicado a atacarlo con encono. Suerte de guión preconcebido, el Presidente de la República de inmediato interviene para repudiar al medio y sus palabras, por demás lapidarias, “ese es el periódico de la burguesía trujillana”, posteriormente montadas en un formato de propaganda, comienzan a ser transmitidas con inusual frecuencia por emisoras de radio públicas, privadas y comunitarias del Estado Trujillo.

Para algunos trujillanos, al menos para aquellos que siguen el devenir político y atienden los discursos mediáticos con cierta atención, es posible pensar que la ecuación es al revés. Que el gobierno arremete contra el Diario de Los Andes como represalia por su postura crítica y, muy especialmente, por la serie de notas informativas y editoriales que últimamente han venido denunciando manejos turbios de la administración regional, especialmente los relacionados con la compra de un terreno destinado a la construcción de una planta de tratamiento de aguas negras cuya ubicación, en la entrada de la ciudad de Valera, ha generado el rechazo de la población a causa de los malos olores.

En descargo del grupo empresarial, uno de los hermanos Muchacho, como vocero de la constructora, ha utilizado el periódico para hacer un recuento minucioso de las negociaciones realizadas y de los problemas que han atravesado para cumplir con sus obligaciones. Entre otras cosas ha sostenido que el crédito contraído con el Banco Central (hoy Bicentenario) para la ejecución del conjunto residencial bajo escrutinio les fue otorgado con el aval de sus bienes personales, por lo que mal podría pensarse que fraguaban una estafa, y que están buscando las vías para concluirlo manteniendo el precio de venta inicialmente pactado.

Por su parte, el editor del Diario de Los Andes ha afirmado que la mención a sus editoriales en el Aló presidencial, y la posterior campaña de desprestigio desplegada a través de la radio, pone en evidencia que la intervención de la constructora constituye un pase de factura por sus denuncias. La verdad es que no resulta difícil llegar a esa conclusión. Las puntadas son demasiado burdas, demasiado gruesas.

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19 de noviembre de 2010

Sobre la política editorial del DLA


Artículo escrito a propósito del "Aló, Presidente" del pasado 14 de Noviembre en el cual se calificó al Diario de Los Andes (DLA) como el periódico de la burguesía trujillana. Nos guía el interés de dejar al descubierto, con hechos, las falsas apreciaciones que genera la polarización.

Cuando aterricé en Valera con mi título de licenciada en comunicación social casi de estreno, en 1986, lo primero que me sorprendió fue la vocería de un colectivo que empezaba a hacer sentir sus demandas de transformación social, agobiado por las políticas de uno de los gobiernos más nefastos que haya tenido el país.

La llamada ciudad de las Siete Colinas era entonces un laboratorio de pujante organización comunitaria necesitada de espacios de interacción, articulación, proyección y reconocimiento social y el periódico en el que llegaba a trabajar, el Diario de Los Andes (DLA), para sorpresa de quien había sido advertida de las funestas prácticas hegemónicas impuestas por los editores, entendía la atención a este descontento como un asunto de responsabilidad social.

Es así como, gracias al apoyo del Centro de Animación Juvenil, de la Federación de Centros Culturales, coordinada por Alfredo Matheus, y de grupos y personas vinculadas a diversas organizaciones, emprendimos un proyecto que, a la postre, y lo digo con 20 años carrera académica a cuestas, significó algo cardinal en mi formación profesional.

Hablo de Construyamos Juntos, una publicación quincenal de cuatro páginas y personalidad propia, donde se recogían las múltiples y variadas vivencias de los sectores populares que, de manera organizada, trabajaban para superarse a sí mismos y conseguir -gracias a su propio esfuerzo- mejores condiciones de vida para ellos mismos y sus comunidades.

El titular de su primera edición aún resulta inolvidable: Una sola golondrina no llama agua, sabias palabras de una vecina que resumía con ellas la necesidad de dejar de lado el individualismo para actuar de manera organizada. Recuerdo que a esa reunión, en un barrio acosado por los problemas, llegué con una “agenda informativa” que buscaba detectar y poner de relieve las carencias de “la gente”; ésta, sin embargo, se vio trastocada por la pauta que esa noche, durante la celebración de una misa comunitaria, me impusieron los vecinos: hablar de sus logros y de sus proyectos.

Durante varios meses fueron muchos los sectores populares que trajiné y diversas las iniciativas de las que di cuenta. Pero habiendo masticado las teorías de la comunicación alternativa, la idea que nos animaba no era “cubrir la fuente comunitaria”, sino propiciar la valoración de la dimensión comunicativa en el trabajo de organización popular, a través de la elaboración de un periódico hecho por las organizaciones y líderes comunitarios. Sin intermediarios.

Lo que planteábamos era que los “receptores” se convirtieran en “emisores” y que las comunidades populares se involucraran con el periódico, no como espectadoras, sino como protagonistas. De allí que el propósito inicial de una periodista -en solitario- se transformara en el proyecto de un equipo al que se sumaron Zonia Delgado, actual directora de la Escuela Fe y Alegría; el ex coordinador de la Misión Ribas, Pedro Rivero; el profesor Antonio Perdomo, miembro de la Asamblea del Centro de Animación Juvenil, entre otros -entonces- jóvenes emprendedores.

El suplemento, posteriormente coordinado por Zonia Delgado, alcanzó las 200 ediciones y dio origen a la fundación de la Escuela de Comunicadores Populares “Mario Kaplún”, de la que a su vez surgieron publicaciones como El Gañán, en Carache; El Convite, en Mérida; y Retruque, en Maracaibo, entre las que recuerdo.

Por esta experiencia de comunicación comunitaria recibí las dos únicas distinciones que -debo confesar- me han otorgado como periodista: el premio Pedro Malavé Coll, que concede anualmente el DLA al redactor más destacado, y una mención especial del Premio Latinoamericano de Periodismo “José Martí”, auspiciado por la agencia informativa cubana Prensa Latina, cuyo jurado estuvo presidido por el ilustre profesor Héctor Mujica.

Esta experiencia, reeditada por la Red de Reporteros Populares, que anima la Escuela de Liderazgo y Valores bajo la tutela de Roberth Ramírez; y por la Red de Reporteros Juveniles, en alianza con el Centro de Animación Juvenil y la Universidad Valle del Momboy, es un caso atípico. Hasta donde sepamos, en el país no han existido -ni existen- iniciativas como estas, en las que el pueblo organizado consiga un espacio para escribir su propio periódico dentro del periódico, no sólo con el respeto, sino con el respaldo absoluto de su editor.

Hoy nos parece necesario recordarlo pues expone, como ningún otro hecho, lo que ha sido la política editorial del DLA. Sin duda alguna, una de apertura, de escucha. Hoy, cuando todo el sistema de medios, privados, públicos y comunitarios, se encuentra bajo el escrutinio ciudadano, una revisión de estas experiencias puede ayudarnos a avizorar los esfuerzos hechos, y por hacer, a favor de una verdadera democracia informativa.

15 de noviembre de 2010

El año en que tuiteamos en peligro

A principios de este mes fue noticia que el joven estudiante de comunicación social de la Universidad Central de Venezuela Cristian Fuentes, usuario regular del canal @Caracasmetro, herramienta creada para monitorear y hacer contraloría social del servicio, fue “retenido” por sacar fotos en el subterráneo. Según él mismo ha relatado, lo que causó su detención fue la posibilidad de que tuiteara las fotografías. Los agentes de la Policía Nacional Bolivariana -declaró a varios medios- “me dijeron que seguramente iba a tuitear esas fotos. Que yo era uno de los que tuiteaba”.

Que sepamos, @bombiro, alias de Fuentes en la red, es el cuarto tuitero que enfrenta los rigores de la represión en lo que va de año. El ocho de julio pasado autoridades policiales detuvieron a dos personas por estar presuntamente involucradas en la difusión de falsos rumores dirigidos a desestabilizar el sistema bancario nacional. Fueron imputados por el Ministerio Público por la supuesta comisión del delito de difusión de información falsa, de acuerdo con lo previsto en la Ley General de Bancos y Otras Instituciones Financieras, que contempla penas de prisión de nueve a once años. Posteriormente, un Tribunal de Control acordó medidas cautelares, de acuerdo con lo que establece el Código Orgánico Procesal Penal.

Lo curioso de ambos casos es que una de estas personas, Luis Acosta Oxford, al momento de ser detenido contaba con apenas 32 seguidores y había enviado 201 tuites, de los cuales solo uno hacía referencia a la situación bancaria; y la otra, Carmen Cecilia Nares Castro, tenía dos meses suscrita a Twitter y seis seguidores. Luego de ser liberada, Nares pidió un derecho de palabra ante la Comisión de Política Interior, Justicia, Derechos Humanos y Garantías Constitucionales de la Asamblea Nacional para protestar por lo que consideró una arbitrariedad.

De acuerdo con una nota de prensa de la Asamblea Nacional, firmada por la periodista Maritza Villaroel, Castro contó a los diputados que una comisión del CICPC había allanado su casa, pues “al parecer buscaban evidencias que me vincularan con el Twitter”. Precisó que le habían pedido “un BlackBerry con conexión a Internet”, pero que les había entregado el único celular que tenía: un Nokia modelo 6236 dañado. Dijo que habían revisado su computadora así como dos pendrive donde guarda los trabajos del colegio, porque es educadora. En la audiencia informó que era miembro del PSUV y que muchos medios de comunicación la habían llamado para que declarara en contra el Gobierno, pero que ella “no se prestaba para eso”. Su abogado cuestionó severamente a la Fiscalía por no haber realizado las diligencias pertinentes que llevaron a su imputación.

Justo dos meses después, agentes del CICPC detuvieron a un trabajador de Corpoelec, el ingeniero Jesús Majano, de 27 años de edad, por supuestamente haber enviado tuites y publicado imágenes que incitaban al magnicidio. Luego de varias horas de detención acusado de haber instigado al odio público, delito tipificado en el artículo 285 del Código Penal, el tribunal 31 de control le otorgó una medida cautelar de libertad con presentación cada 15 días . El 21 de octubre, en el timeline de @majano23, alias del ingeniero en Twitter, se lee: Estoy libre, pero el juicio sigue y debo presentarme aún… El 13 de noviembre, aparece un saludo cariñoso -vía @caracasmetro- a los 35 detenidos por las protestas: “Suerte, muchachos”.

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13 de noviembre de 2010

En tierra de gracia virtual...

Por fortuna, no faltó quien criticara el primer evento TEDx de carácter nacional que se realiza en Venezuela, el www.tedxtierradegracia.org, que mantuvo ocupado el auditorio Tobías Lasser de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuelad durante todo el sábado pasado. Acerbo fue el comentario, muy temprano el domingo, del reputado e injustamente maltratado físico computacional Claudio Mendoza, vía Twitter:

Vamos a hablar claro, el equipo técnico y organización del #TEDxTDG fue bien chimbo. Nunca visto en un evento científico. Digno de la 5a!

Y sí, hubo problemas de organización (debió comenzar a las ocho de la mañana y lo hizo dos horas después) y técnicos (presentaciones que no estuvieron a tiro, como la del presidente de Chocolates El Rey, Jorge Redmond; y un streaming irregular, con deficiencias de audio), entre otros previsibles descalabros de un evento realizado con más ganas que recursos.

Digo que la crítica fue afortunada porque nos permitió revisar y valorar los comentarios entusiastas de quienes agradecieron la apertura de un espacio que congregó una parte del mejor hacer venezolano, experiencias positivas y usualmente invisibles, particularmente aquellas surgidas en nuestras “áreas verdes” y en las maltrechas universidades públicas sometidas al acoso y a la sequía presupuestaria.

Entiéndase por áreas verdes a la provincia venezolana, rótulo acuñado por el físico de la Universidad de Los Andes Luis Núñez para ironizar acerca de aquello del monte y culebras en su vehemente charla sobre Mérida, su Alma Mater, y el valioso empeño institucional realizado a favor de la defensa del libre acceso a Internet.

Faltan caracteres para reseñarlas todas, pero resulta pertinente subrayar que más de la mitad de las ponencias correspondieron a profesores e investigadores de las universidades públicas que es donde se produce, como lo afirmó el profesor Benjamin Scharifker, exrector de la Universidad Simón Bolívar también convocado al TEDx, el 76 por ciento de la investigación que se hace en Venezuela. El dato que lo confirma lo recordó, via tuit, la periodista del área científica Acianela Montes de Oca: Estadísticas ONCTI: la mayoría de los investigadores acreditados en el PPI se concentran en 8 #Unive. LUZ, ULA, UCV, USB, UC, UPEL, UDO, UCLA.

No quiero decir que el cuidado de los detalles carezca de importancia. Pero parece que en las actuales circunstancias, más que un funcionamiento de reloj atómico, estamos necesitando -al menos en principio- de este tipo de convocatorias, reales o virtuales, que nos pongan en contacto, aquí, allá y más allá, con lo mejor de nosotros. Porque como concluyó Luis Núñez en su presentación, recordando a Rubén Blades: ‎"Sí se puede Tenemos con qué. Y lo vamos a hacer". Esa parece ser la apasionada consigna de una extraña pero no pequeña porción de venezolanos.

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